Cuentos de Terror version en Español
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jueves, 13 de agosto de 2009
Terror Stories
Desconocido
Lo vi pasar. La mandíbula colgante, con el juego de ping-pong de los ojos, cayendo y volviendo, semejantes a dos resortes desvencijados con los iris y corneas inyectados en un alambre.
El olor que emanaba traspasando las fronteras del jardín y que parecía intoxicar cada partícula de aire y hasta las alturas más remotas, era pestilente y provocaba una nausea imposible de evitar, además de ese espantoso ruido que provenía, sin duda, de las entrañas de aquel fenómeno.
Sentía que mi oído era punzado, como atravesado por mil agujas amenazantes, dibujando al tacto, líneas de sangre que se expandían incesantes al punto de quebrarlo en pedazos.
De pronto parecía que se había acercado a mí hasta al extremo de sentir que sus ojos se posaban fijos en los míos. Ya no podía soportarlo. Ahora todo mi ser era cruzado por esas líneas que teñían de hilo rojo mi cerebro, que parecía disgregarse, cortarse por el pánico, y si el terror era sinónimo de inacción, en este momento lo había conocido.
Incapaz de evitar esa mirada ni de enfrentarla, me encontraba absolutamente entregado a lo desconocido imposibilitado de luchar ni reaccionar ante aquellos ojos.
-Discúlpeme John. Sentí una voz susurrante proveniente de mi medianera
-He dejado aquí en su jardín este enorme espejo que tengo que regalar, en un momento vendrá mi camión a recogerlo.
La Caja de Sorpresas
La recibí a mi domicilio un día como cualquiera, en un amanecer como los otros, sin sobresaltos. Tenía una cinta formando un moño rojo. El tamaño era similar al de una caja de zapatos. No tenía remitente ni destinatario. Sólo estaba allí, en mi umbral, con un propósito desconocido y oscuro.
Un universo enigmático podía estar allí dentro. Una pequeña porción de muerte podía ciertamente albergarse en ese diminuto cofre. Quizá el antes y después de abrirlo podían significar la débil frontera entre la vida y la muerte, la paz y la tortura, la confianza y la paranoia.
En mi mente se me figuraban como deslizándose desde el interior de la caja, unas manos angostas con dedos alargados, curvilíneos, y las uñas espigadas se asemejaban también a las manos por su estrechez y longitud, unas manos que habían cambiado su color de un morado intenso a negro azabache. Quizá antes danzantes bajo una lápida, al compás de una melodía subterránea o quizá unas manos que jamás habían pertenecido a un cuerpo, eran independientes y se escabullían alimentándose de humanidad a través de los poros de una piel negra resbaladiza.
Ni siquiera me atrevía a rozar la caja con la punta de mis dedos.
Vi de pronto al cartero, parado junto a mí.
-Esta es la calle St Elm 208 y no la St Elmsire 208. Lo siento ha sido una equivocación. Inmediatamente tomó el paquete y desapareció.
Infancia
Todavía parece resonar la madera en mis oídos y el crujir de los escalones desalineados. La gran casona de madera aun conservaba los dibujos recortados de las revistas y que habían sido arbitrariamente pegados hacía tantos años.
Las diminutas sillitas de paja para los niños se encontraban apiladas y destartaladas en un rincón, con el trenzado desarmado y los hilos sucios, colgando por el suelo.
Después de veinticinco años, habían vuelto a mi memoria cada rincón de aquel jardín de infantes al que había asistido con tanto temor. Cuando mis pies atravesaron la puerta de entrada, parecían dar paso a una realidad de muñecos y criaturas que habitaban ese pequeño laberinto de madera. Cuan pequeño me parecía, comparado con la inmensidad, vista desde los ojos infantiles, que lo contemplaban en ese entonces.
Qué inofensivo y nada peculiar era aquel jardín para niños. Qué ideas revoloteaban en mi memoria por aquellos días y por cierto nada tenían que ver con las que me surgían ahora al observar un lugar tan pequeño y frágil.
Había decidido después de tanto tiempo enfrentar la realidad y visualizar cada rincón, inspeccionar cada centímetro de madera mohosa y uno a uno los objetos que en ella descansaban, como si el tiempo no hubiera transcurrido para ellos y se hallaran en una imperturbable paz y armonía eterna. Las muñecas peponas con sus cabellos lanosos despeinados y su mirada sellada en una felicidad encontrada, los osos con sus brazos extendidos en busca del abrazo o crucificados en una inmutes sin retorno. Todo aquello estaba allí como antes. Pero, ¿qué era aquel objeto que había transformado un lugar de juegos en un verdadero cofre cerrado bajo llave? Con mis escasos tres años me hallaba en su interior rodeado de un pantano de amenazantes enigmas que no lograba recordar.
De pronto lo comprendí todo. El payaso me observaba allí como siempre, sus colmillos eran tan largos como... Ahora lo había recordado todo, puntiagudos y amenazantes como los que tenía cuando lo vi por primera vez, Oh Dios!
Insaciedad
El cambio que ejercía en mi aquella luz refulgente en nada se parecía a la tranquilidad que me albergaba con la luz diurna.
Cuando me enfrentaba cara a cara con su poder, sentía renacer en mí las más profundas sensaciones de insaciedad hacia la sangre y la destrucción, como una conexión sobrenatural que parecía ejercer en mí, al más mínimo contacto visual con ella.
Había nacido en el campo y mi infancia había sido tranquila. Nadie había alterado jamás, que yo recordara, una vida tan pacifica y sana como la que tenía. Éramos una familia unida y feliz. Por las mañanas nos levantábamos con papá y mis hermanos a ordeñar, dar de comer a los animales. Lo normal en cualquier joven dedicado a la vida de campo. Y, sin embargo, esa aparente paz desaparecía de pronto cuando la contemplaba. Nada importaba más en ese momento que vengar aquellos sentimientos insatisfechos que habían estado dormidos cuando me encontraba lejos del poder de su luz.
Ahora solo quería correr, atacar, despedazar la presa, hacer justicia. Había llenado cada recuerdo latente con amargura y olvido y era en esos momentos de furia, cuando esa herida de mi alma, que creía cicatrizada, comenzaba a sangrar nuevamente.
Cuando descubrimos en mi temprana infancia aquello que mi familia lo denominaba estado de sonambulismo, me encontraba en el patio de mi hogar. Nadie, afortunadamente, había advertido en ese momento el brillo de mis ojos colmados de deseos de actuar. Mis padres y mis hermanos comenzaron a dejar los tarros de pesticidas escondidos, para evitar que en ese estado "tan natural" los ingiriera por equivocación. También dejaban las puertas con cerrojo y cosas por el estilo para que no saliera y me lastimara.
Siempre era igual. Volvía a mi sueño tratando de que la armonía y el olvido se adueñaran de mi ser.
Esa noche era diferente. Cada vez me resultaba más difícil luchar contra su encanto y sabía que habían olvidado de cerrar la puerta con cerrojo. Había cruzado el patio, el establo, la plantación de trigo. Me había dirigido directamente hacia su casa. En mi mano pendía el cuchillo de colección que guardaba en mi armario. La puerta estaba entreabierta y me abalancé sobre él. La carne se degustaba en mis labios y los sesos se dejaban saborear por mi paladar como en un festín de alta categoría.
Cuando salí de la casa, jadeante y satisfecho, me encontraba tan sereno que se podría decir que la armonía y la satisfacción se conjugaban con un llamado celestial.
Fue entonces cuando decidí mirarla por ultima vez. Recién en ese momento me di cuenta que se resbalaba de mi mano un anillo de plata que pertenecía sin duda a mi reciente cacería. Me agaché aturdido sin comprender nada y, tratando de no mancharlo con mis botas, que parecían misteriosamente estar salpicadas de sangre, quise acercarme y tomarlo del suelo, para luego limpiarlo de aquel liquido rojo. Pero la descripción tallada que se observaba me heló por completo: "Thomas Wilson", mi abuelo, y la musa inspiradora se hallaba en lo alto tan serena como cautivadora: "La Luna".
El Anunciante
Cuando todo parece desmoronarse en nuestras vidas y nuestros más recónditos restos de fe acumulada en nuestras vidas no alcanzan para cobijar la más diminuta esperanza de que algo mas allá nos protege en cada instante, sea cual fuera nuestro destino, y la aprendida concepción de que por más terrible que éste se nos avecine, todo tiene una razón y un último fundamento, bello y perfecto.
En este momento es cuando aparece "El anunciante". Su rostro se nos halla vedado. Contiene todos los rostros que una fisonomía puede albergar en su enorme variedad, por su injerencia en la creación humana y a la vez ninguno, por su condición de espiritualidad.
Su atuendo es gris o multicolor, como si se ajustara a las medidas del espectro solar y del aire, en un talle a medida, a la medida de lo inmaterial.
Su andar es sereno y preciso, con la tranquilidad de que a pesar de su lentitud, nada escapa a su alcance, no importa que tan lejos se halle de su misión. Siempre será el primero, el anunciante
Su rumbo es indefinido, aunque su objetivo se torna unívoco cuando se trata de avisar. Su labor es minuciosa.
Su fin es el equilibrio, aunque muchos crean que tiene un opuesto que hace el trabajo sucio, lo cual no es cierto. Se inclina con tanta pasión hacia la construcción como hacia la destrucción.
El anunciante aparece y nos traslada a otra dimensión. Somos indefensos ante su poder y no tenemos voluntad de oponernos a su desafío. Es en ese instante es cuando descubre su atuendo y podemos ver su rostro y sentir su esencia. Es cuando nos convencemos de lo lejano y diferente de la realidad que es este, a lo que nos lo habían anunciado.
El Fenómeno
Nunca experimenté lo que todos, a lo largo de toda la experiencia humana, en los diversos libros científicos y lo que para la realidad cotidiana de cada individuo era sabido, como por ejemplo, que el oído humano y la vista eran imperfectos, que a ambos extremos de la escala había sonidos que no podían percibirse al igual que sucedía con los denominados rayos actínicos, que eran los que se encontraban a ambos extremos del espectro solar y no podían discernirse.
Desde que mi memoria se hizo presente, acompañaban mi vida toda serie de sonidos que emitían pájaros y seres desconocidos, al igual que podía distinguir tonos que a los demás les eran ajenos y eran para mí simplemente naturales y comunes.
Mi familia me consideraba de una imaginación inigualable y no concebían la sorprendente capacidad de descripción que mi infantil mente albergaba.
Recuerdo que en mi cumpleaños número cuatro, mi tía me había obsequiado una cuerda, en pocos días había logrado esquivar el tropiezo y lograr el juego de equilibrio, casi como una comunicación de un sonido y una visión entre el sonido de la cuerda al golpear y la armonía de una danza infantil que se conjugaban en una visión armónica y naturalmente exacta como un reloj. En ese momento pude percibir que algo o alguien me acompañaba en mi juego, era de un color que no tiene nombre y no se podía definir por el ojo común, además de estar emitiendo un sonido inalcanzable por su agudeza.
-Juega conmigo- me dijo.
Desde ese día comprendí que esa niña pertenecía al mundo después de la vida, donde mi mamá me decía que iban los que morían.
Le había prometido a May que guardaría el secreto. Jugaría todas las tardes con ella, que también me explicó que por una razón poderosa la humanidad, pero no los animales, habían perdido la capacidad de ver y oír mas allá, sin embargo los pájaros aun podían comunicarse con seres celestiales que les comunicaban el peligro así como repetir las melodías que alcanzan a oír de seres que han dejado de existir en esta dimensión pero componen aun una música celestial. Es por eso que los animales pueden ver ese brillo en nuestros ojos que ninguna persona puede apreciar y decidir si confiar o no.
Recuerdos en lo profundo
La pared goteaba una humedad proveniente del fondo de sus entrañas, los sillones y las sillas, desprendiéndose de sus sitios y deslizándose hacia el centro, se perdían en las profundidades de un abismo, cada cuadro y adorno se dirigían hacia la boca de su destino, caer y caer.
Mis extremidades, que apenas lograban aferrarse, casi inútilmente a un extremo, fuera de aquella vorágine de movimiento que emitía aquel agujero negro atrayente, denotaban que mi esfuerzo era vano, ya que caía rendida ante esa fuerza inconmensurable que me arrastraba vertiginosamente.
Con mis ojos nublados por el polvo, todo mi ser librado a una batalla imprevista que requería la inmediatez de mis instintos, aun con mis músculos desfallecientes, agotados y mis oídos aturdidos por su poder, veía pasar cada recuerdo de mi infancia hacia el centro del olvido.
Delante de mis ojos, como un rayo, corría hacia el centro, aquella cajita musical, que había sido tan preciada por mí, y evocaba ahora los más sutiles recuerdos de mi infancia, tenia la forma de un hongo en forma de casita, y estaba habitada con muñecos que tenían su cabeza con la forma de la misma, estos danzaban al compás de una melodía de bienvenida y que un triste día había culminado de improvisto por que la cuerda se había saturado y nunca mas fue reparada, aun recordaba en mi mente tan presentes como afinadas aquellas notas melancólicas y a la vez dulces que hacían bailar a aquellos seres de papel.
Inmediatamente después se deslizaba aquel Xilofón, con curiosas anécdotas que venían a mi mente al verlo pasar, recuerdo que con mi primo le habíamos arrancado tecla por tecla como una hilera de dientes de leche que se cambian uno a uno y que me había llevado días volver a armarlo . Y en un enjambre de objetos que revoloteaban, la tetera de mamá que se estrellaba contra la pared y hecha trizas, en un remolino de partecitas no uniformes se perdía hacia la hondonada, el caos.
Junto con los últimos recuerdos que se alineaban hacia el centro, no podía faltar aquello que había dado un significado a cada cosa, aquello que le había dado una vida y una historia a ese e pequeño gran mundo de objetos, "Yo misma"
El Agua
Tan cristalina, y para nada insípida, como manantial embebido en un millón de pétalos de rosas, reflejaba cada rayo de un sol brillante.
Con una suave y tenue brisa, podían caer repiqueteando, como un sinfín de parientes lejanos de las estrellas, todas y cada una de las gotitas que formaban un abanico de cristal.
Así, con esas palabras, podía describir el lago de mis sueños, de mi infancia, y que me había acompañado cada verano, humedeciendo mi piel, cubriéndome de frescura y regocijo, al aliviarme del intenso calor.
Solía ir cada verano a la casa de mis tíos y pasar largas horas, en la hierba fresca, bronceando mi textura de marfil y dejando que un intenso cobrizo dorado me empañe. Cuando ese tono cobre se iba tornando color fuego, me sumergía en la dulce caricia del lago. Nada era tan perfecto como aquello y dejando que mis músculos se relajaran. me abandonaba por completo a su encanto.
Entregada sin vacilar a su protección y dejándome envolver por su pureza, sentía que no solo mi cuerpo, sino que también mi alma, le pertenecían a sus aguas, como si yo misma fuera una gota convertida en ser humano, que debía volver tarde o temprano a las profundidades, al llamado de la naturaleza.
Ese mismo día el sol brillaba diferente, mas fuerte que de costumbre, y cada rayo insinuaba que debía entrar a mi mundo y sumergirme. Nunca antes había oído algún otro llamado, ni una invitación tan atrayente y seductora. Por lo tanto no vacilé y me hundí lentamente, luego salí a la superficie y me quedé flotando boca arriba, mirando el cielo.
Cuando el ocaso comenzó a teñir de rosado el horizonte, sentí que el atardecer me incitaba a regresar a mi hogar, la tierra, pero quise contemplarme por última vez en las cristalinas aguas. Fue entonces cuando me vi. Mi piel era verde y con escamas, se había teñido de un tono tan verde como las algas de las profundidades del lago y mis ojos eran saltones y vidriosos.
En el cielo azul las primeras estrellas se reflejaban en el agua y yo al fin entre sus parientes lejanos, viviría por siempre en mi verdadero hogar.
La estatua
Fue en aquellos tiempos, cuando ya nadie lo recordaba, olvidado en el medio de aquel solitario parque, cubierto por una capa de moho y polvo que impedían apreciar el encanto de sus formas, además de la vegetación silvestre que lo ahogaba en el descuido más triste que sucedió lo que voy a contar...
"El pequeño águila de piedra granito" se erguía solitario en su escaso medio metro de altura. Hallábase allí sin propósito y sin rumbo. Se decía que había llegado desde un lugar remoto en un barco, envuelto en una caja de madera sin destinatario aparente. Era de un color grisáceo tan apagado que parecía un ser viviente que había sido sentenciado a la eternidad de piedra por alguna razón inexplicable. Así lo definían los antiguos pobladores que lo contemplaban y se preguntaban acerca de su origen.
Pero ahora todo era diferente. En aquel pueblo abandonado de los últimos tiempos, lo habían librado a su suerte, sin importarles su destino y mucho menos dedicarse a su cuidado.
La razón aparente de su total indiferencia hacia él era que simbolizaba a un pájaro de muy mal agüero para ellos y nadie quería quedar atrapado por algún lejano poder que el mismo podía sentenciar al posar inocentemente su mirada sobre éste.
Así fueron sucediéndose los años, víctima de las patadas que mal intencionados niños huidizos le proferían, ante el descuido del guardia del parque o de las madres entretenidas en alguna otra cosa que no fuera el cuidado de sus hijos, y de los transeúntes que le arrojaban diversos objetos.
A pesar de todo aquello, la estatua se encontraba en un respetable estado sin considerar las vastas rajaduras que se extendían como tenues líneas blanquecinas.
Ese invierno particular parecía que el olvido de la estatua bien se comparaba con la dejadez del parque. Una tormenta había devastado el lugar y más que cualquier otro año en particular el lugar se había dejado ganar por la destrucción. A cada lado del parque podian observarse troncos arrastrados y arrancados, árboles semi mutilados. Los escasos juegos se hallaban desvencijados y el óxido que roía las antiguas maderas pintadas de azul, los iba comiendo casi por completo.
Los pocos habitantes se hallaban resguardados en sus hogares ante el intenso y repentino frió que invadía el lugar. Los inmensos nubarrones gris oscuro indicaban la llegada de un invierno duro, un acontecimiento poco usual y a lo que los habitantes no estaban acostumbrados.
Esa tarde el parque se encontraba prácticamente desierto, no había un solo niño merodeando y se avistaban al extremo norte dos personas mayores recolectando troncos para encender su hogar a leña.
La estatua de piedra seguía allí, en el medio de la inmensidad, escondida casi sin poder ver la luz por los pastizales de aquellas pampas.
Fue en ese momento cuando comenzó un dulce cantar proveniente de las alturas. Su entonar parecía contener un indescifrable mensaje, pero sin duda era un mensaje de dicha y encuentro de mundos, era un lenguaje proveniente de una inteligencia remota y de una naturaleza indefinida que lo envolvía todo en una suave canción del más allá.
En un instante el cielo se puso tan gris que era imposible distinguir el cielo de la tierra, apenas dio tiempo a la gente aterrorizada a escuchar las primeras notas de aquel cantar.
Todo sucedió en un instante, el sonido de aquello era tan intenso que no se escuchaba más que su melodía. Todo y todos, absolutamente cada cosa que se erguía sobre la tierra, se había convertido en menos de un segundo en granito.
Allí estaba en medio de aquel vasto lugar de granito, sus plumas eran grises y brillantes, con un ligero matiz amarronado claro. El pequeño águila alzó vuelo. Enseguida el silencio volvió a reinar, esta vez reemplazado por un sonido igualmente extraordinario Por fin había aprendido a volar y era libre, repitiendo la melodía que le había enseñado su madre que venia a buscarlo y dejando atrás al fin un horrible y aburrido pueblo de granito.
La llave
Cuando uno encuentra una llave en una vereda que frecuenta a diario, está lejos de imaginar que ésta podría ser el sutil lazo que une la realidad a la fantasía.
Generalmente sin detenerse a especular demasiado, cree que un olvidadizo dejó que ésta se resbalara de algún pantalón descosido y, por ende, un portón se privó de ser abierto y el auto de ese desafortunado dueño debió esperar a que el cerrajero llegara para salir por fin al ruedo.
Uno aún está más lejos de abrigar la idea siquiera de que tomando una llave en una vereda, uno puede ser transportado a otra dimensión o hacia un mundo tan familiar como desconocido.
Todo pareció suceder en una milésima de segundo cuando me dispuse a recoger la llave perdida.
Me hallaba caminando hacia mi hogar y todo el paisaje me resultaba por demás conocido y al mismo tiempo nuevo y jamás concebido por mi mente.
Al cruzar la calle, un hombre de rostro amable y que me inspiraba total confianza y ternura, cada sonido y palabra que emitía de su boca, parecía estar envuelta en una bondad infinita, sin embargo me dijo:
-Soy la puerta que se abre hacia la fantasía, donde nada es lo que parece, cada rostro y cada cosa que observes, desde la hoja que cae de aquel paraíso y te haga evocar el más recóndito recuerdo de tu infancia hasta la inocencia de aquel perro que vez cruzando la calle, cada uno de los seres y objetos más puros y simples que puedas ver, encierran en realidad la mas espeluznante de las almas, la esencia de la destrucción-. Sin que pudiera conjeturar palabra el hombre desapareció. No había podido aun salir de mi asombro de aquella insólita aparición, cuando apareció de la nada un segundo sujeto. Al contemplarlo mi voz se ahogó en un grito silencioso. Era un ser abominable, casi imposible de describir. Sus ojos parecían reflejar al mismísimo demonio. El cuerpo era encorvado y arrugado, la cabeza completamente calva parecía reflejarse al sol como una nuez arrugada. Con voz ronca y espantosa me dijo:
-Soy la puerta que se abre hacia la realidad, donde lo que parece no es lo que es. Verás la agonía, el sufrimiento, la miseria y la angustia reflejada en cada uno, la muerte rondando tus pasos y sintiéndola tan cerca como casi rozándote, persiguiéndote. Sin embargo, sólo experimentando lo anterior aprenderás a valorar las cosas más bellas y simples de la vida y sin padecer esta adversidad, caerás en la lujuria y te perderás en la avaricia-.
Sin que pudiera conjeturar un pensamiento y con la boca aun entreabierta, como si me hubiesen arrancado las cuerdas vocales en un solo soplido demoníaco, el segundo sujeto, no sabía si llamarlo hombre o enviado de Satán, también desapareció.
Lo único que atine a hacer fue agacharme rápidamente y con mis dedos temblorosos cavar y cavar en la tierra, quebrando ligeramente mis uñas y cubriendo de barro mis suaves dedos que, torpemente, se abrían paso en lo profundo. Cavé lo más hondo que pude hasta quedar exhausta y mis torpes manos, actuando prácticamente inconscientes y desesperadas ante mis órdenes, taparon rápidamente con tierra el agujero. Tampoco me detuve a contemplar si alguien me había observado en aquella acción. Solo atiné a levantarme, con mis rodillas cubiertas de tierra húmeda, y huir hacia mi hogar para encerrarme y no salir en varios días.
De este inexplicable acontecimiento han transcurrido diez años. Sigo viviendo en el mismo lugar donde nací, he olvidado por completo aquel acontecimiento, aunque si he evitado acercarme a aquella vereda todos estos años.
Pero hoy casualmente observé que mi hijo estaba muy extraño. Le he visto por la mañana, las uñas cubiertas de barro, y no lo encuentro nada bien. Su rostro, antes tan puro y angelical, parece tener ahora los ojos inyectados en sangre, como si hubiese elegido un mal camino.
Generalmente sin detenerse a especular demasiado, cree que un olvidadizo dejó que ésta se resbalara de algún pantalón descosido y, por ende, un portón se privó de ser abierto y el auto de ese desafortunado dueño debió esperar a que el cerrajero llegara para salir por fin al ruedo.
Uno aún está más lejos de abrigar la idea siquiera de que tomando una llave en una vereda, uno puede ser transportado a otra dimensión o hacia un mundo tan familiar como desconocido.
Todo pareció suceder en una milésima de segundo cuando me dispuse a recoger la llave perdida.
Me hallaba caminando hacia mi hogar y todo el paisaje me resultaba por demás conocido y al mismo tiempo nuevo y jamás concebido por mi mente.
Al cruzar la calle, un hombre de rostro amable y que me inspiraba total confianza y ternura, cada sonido y palabra que emitía de su boca, parecía estar envuelta en una bondad infinita, sin embargo me dijo:
-Soy la puerta que se abre hacia la fantasía, donde nada es lo que parece, cada rostro y cada cosa que observes, desde la hoja que cae de aquel paraíso y te haga evocar el más recóndito recuerdo de tu infancia hasta la inocencia de aquel perro que vez cruzando la calle, cada uno de los seres y objetos más puros y simples que puedas ver, encierran en realidad la mas espeluznante de las almas, la esencia de la destrucción-. Sin que pudiera conjeturar palabra el hombre desapareció. No había podido aun salir de mi asombro de aquella insólita aparición, cuando apareció de la nada un segundo sujeto. Al contemplarlo mi voz se ahogó en un grito silencioso. Era un ser abominable, casi imposible de describir. Sus ojos parecían reflejar al mismísimo demonio. El cuerpo era encorvado y arrugado, la cabeza completamente calva parecía reflejarse al sol como una nuez arrugada. Con voz ronca y espantosa me dijo:
-Soy la puerta que se abre hacia la realidad, donde lo que parece no es lo que es. Verás la agonía, el sufrimiento, la miseria y la angustia reflejada en cada uno, la muerte rondando tus pasos y sintiéndola tan cerca como casi rozándote, persiguiéndote. Sin embargo, sólo experimentando lo anterior aprenderás a valorar las cosas más bellas y simples de la vida y sin padecer esta adversidad, caerás en la lujuria y te perderás en la avaricia-.
Sin que pudiera conjeturar un pensamiento y con la boca aun entreabierta, como si me hubiesen arrancado las cuerdas vocales en un solo soplido demoníaco, el segundo sujeto, no sabía si llamarlo hombre o enviado de Satán, también desapareció.
Lo único que atine a hacer fue agacharme rápidamente y con mis dedos temblorosos cavar y cavar en la tierra, quebrando ligeramente mis uñas y cubriendo de barro mis suaves dedos que, torpemente, se abrían paso en lo profundo. Cavé lo más hondo que pude hasta quedar exhausta y mis torpes manos, actuando prácticamente inconscientes y desesperadas ante mis órdenes, taparon rápidamente con tierra el agujero. Tampoco me detuve a contemplar si alguien me había observado en aquella acción. Solo atiné a levantarme, con mis rodillas cubiertas de tierra húmeda, y huir hacia mi hogar para encerrarme y no salir en varios días.
De este inexplicable acontecimiento han transcurrido diez años. Sigo viviendo en el mismo lugar donde nací, he olvidado por completo aquel acontecimiento, aunque si he evitado acercarme a aquella vereda todos estos años.
Pero hoy casualmente observé que mi hijo estaba muy extraño. Le he visto por la mañana, las uñas cubiertas de barro, y no lo encuentro nada bien. Su rostro, antes tan puro y angelical, parece tener ahora los ojos inyectados en sangre, como si hubiese elegido un mal camino.
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